EL CHILE ESPECIE DE ESPECIA

EL CHILE ESPECIE DE ESPECIA

Por Salvador Novo

A todo señor, todo honor. Rindamos al chile el merecidísimo homenaje de rastrear sus andanzas desde nuestra cocina prehispánica hasta las mesas universales; y dilucidemos las razones históricas que explican que cuando los ingleses y los yanquis hablan de “pepper”, los italianos de "pepperone" y los franceses de "piment", que lo que estas palabras tan próximas a la pimienta describen, es, aunque hipertrofiado y ya insulso o manso, nuestro chile.

Todos conocemos el pimentón español -este condimento rojo y en polvo, tan semejante a la páprika húngara, que aplicamos a ciertos guisos. Y nos son igualmente familiares en el mercado esos lustrosos pimientos que hallamos frescos, verdes o rojos, y tiendas nos venden, ya en conserva, en latas redondas: los "pimientos morrones" -con cuyo encendido color decoramos la atractiva superficie de la paella.

Pero este parecido semántico entre pimentón y pimiento; aunque nos lleve por asociación de ideas a pensar en la pimienta, no vela por sí mismo la razón por la que se llamen de manera tan relacionada cosas tan distintas como la pimienta y el pimiento. Para rastrear el origen de este parentesco nominal, tenemos que retroceder en el tiempo hasta el descubrimiento de América.

Es bien sabido que el Rey Fernando y la igualmente Católica Reina Isabel se decidieron a patrocinar la expedición colombina con la esperanza de que don Cristóbal hallara un camino marítimo hacia las ricas islas de la especiería de las Indias Orientales; y que de ellas llevara a España "oro y especias". Con este encargo en mente no es muy de asombrar que el futuro Almirante, obsedido por cumplirlo en todas sus partes, creyera haber llegado a las Indias cuando apenas desembarcaba en Santo Domingo; y que al ver, probar y llevar a España unas muestras de lo que describía como "pimienta en vainas… muy fuerte, pero no con el sabor de Levante", creyera haber hallado la pimienta que buscaba.

Lo que en realidad había descubierto Colón no era la India, sino América; y no una pimienta especial, sino… el chile, con el nombre local de "ají" que conservaría mucho tiempo, creando una confusión que llega hasta el propio Diccionario Académico de la Lengua, hallamos la palabra "Ají" como “voz americana", masculina: pimiento, 1a y 2a acepciones. Y en la palabra "chile", la anotación “del mejic. chilli, pimienta; m. ají, 1a acepción".

Sucedió con el chile, al ser descubierto por Colón con su nombre de ají, lo que ocurrió con el tabaco: que los españoles conservaran de esta planta el nombre que ella recibiera en la primera isla en que lo vieron fumar, y no le dieron el que tenía en México: yetl. Ya se sabe lo difícil que sigue siendo para los españoles pronunciar nuestra “tl” náhuatl; Bernal Díaz llama a Cuitláhuac, Cuedlabaca; Cortés, Temixtitán a Tenochtitlan. “Yetl” tiene que haberles resultado más difícil de pronunciar que “tabaco”.

Pero chile y tabaco -yetl- son originarios de México; del Nuevo Mundo en general. Colón reitera en sus Cartas su entusiasmo frente a la abundancia de "ají, que es su pimienta, y que es más valioso que la pimienta, y todo mundo come sólo eso, que es muy sano".

El Dr. Diego Chanca, de Sevilla, acompañó a Colón en su segundo viaje como experto botánico, y se asombró ante la variedad inmensa de árboles desconocidos "algunos de los cuales dan frutos, otros flores… allí encontramos un árbol cuya hoja tiene el más fino olor a clavo que yo haya encontrado: una hoja como de laurel, pero no tan grande; pero creo que sea una especie de laurel". El buen doctor había tropezado con lo que llamamos ahora "pimienta gorda", y los norteamericanos, Allspice; una especie cuyo aroma recuerda una mezcla de clavo, canela y nuez moscada, y que se obstina en no crecer más que en Jamaica, de donde ahora se exporta a Estados Unidos para su envase ya molida.

Esta "pimienta gorda" era claramente distinta del ají y de la pimienta que inútilmente buscaban en América -y que hasta la fecha se aferra en darse en Ceylán. Los españoles aumentaron la confusión de la nomenclatura al llamarle también pimienta. El nombre científico de pimienta officinalis que los botánicos le dieron, no aclara mucho esta confusión, que persiste hasta nuestros días y desorienta a las amas de casa inexpertas cuando las recetas piden "pimienta negra" y "pimienta blanca" o "pimienta gorda", sin aclarar que la negra y la blanca son la misma: la blanca, molida sin la cáscara; la negra, molida entera; y que la gorda, sencillamente no es pimienta.

En resumen, para los españoles era pimienta todo lo que picara. Apenas si para distinguir a los chiles de la pimienta negra, dieron en llamar a aquellos "pimienta de chile". Los botánicos optaron por asignar a todas las dudosas "pimientas" de este tipo el nombre genérico de "capsicum", que abarca a todas las numerosísimas variedades de chile que se iban descubriendo: plantas cuyos frutos se usaban ya para comerse directamente, como legumbres; y para sazonar con ellas platillos y guisos: como especias.

 Conforme los europeos se adentraban a aculturarse en las fértiles tierras americanas, descubrían que los chiles se daban en todas las formas y tamaños imaginables: redondos, cónicos, largos, torcidos: en forma de botoncillos (chile piquín), de zanahoria, de pera; verdes, anaranjados, escarlata, amarillos, casi blancos; algunos tan feroces generalmente, los más pequeños son los más picantes) que comerlos equivalía a ingerir plomo derretido; otros, cuyo mayor tamaño parece comportar su mayor dulzura.

 Se descubrió, asimismo, que los chiles se hibridizan con facilidad, lo cual ha multiplicado y desarrollado en todo el mundo nuevas formas y "picores", al exportarse a otros Continentes, y aclimatarse en ellos, las semillas de los chiles mexicanos. Su diseminación en Asia y en África ocurrió en un tiempo tan corto, que durante muchos años, los europeos creyeron que los chiles serían originarios de Oriente.

 Las especies más dulces -los pimientos- se aclimataron, sobre todo, en España. Los mencionan ya los tratados botánicos del siglo XVII: "se cultivan con gran diligencia en Castilla, no sólo los jardineros, sino las mujeres, en macetas que colocan en los balcones, para usarlos todo el año, ya sea frescos o secos, en salsas o en vez de pimienta".

 Al Oriente también llegaron las semillas del chilli mexicano; allá prefirieron y embravecieron las especies más picantes. Los diplomáticos indonesios que llegan a México, nos superan en la tolerancia de los chiles más bravos, que muerden y mastican con admirable estoicismo porque forman ya parte de su tradición culinaria.

 El "chilli", como lo anotamos arriba se ha abierto paso, como a americanismo, hasta el Diccionario de la Real Academia. Ahí encontramos las siguientes voces con él relacionadas: Chilaquil, mej. Guiso compuesto de tortillas de maíz, despedazadas y cocidas en caldo y salsa de chile; Chilaquila, guat. Tortillas de maíz con relleno de queso, hierbas y chile; Chilar, sitio poblado de chiles; Chilate, Amér. Central. Bebida común hecha con chile, maíz tostado y cacao; Chilatole, mej. Guiso de maíz entero, chile y carne de cerdo; Chichote, mej. Una especie de ají o chile muy picante; Chilero, mej. Nombre despectivo del tendero de comestibles; Chílmote, mej . Salsa o guisado de chile con tomate u otra legumbre; Chilote, mej. Bebida que se hace con pulque y chile; Chiltipiquín (del mej. chilli, pimiento, y tecpin, pulga): ají, la acepción.

 Al lado del tomate -con el cual se desposa en amplia gama de gustosos sabores-, el "pimiento" de Colón y los legos conquistadores: el chilli o ají de los nahuas, ha sido una de las más importantes contribuciones del México prehispánico a la cultura gastronómica universal. Rico en ácido ascórbico, las variadas cocinas regionales de nuestro país y de buen comer aprovechan con imaginación en moles y salsas la riqueza de sus sabores, colores, grados distintos de picor que la pimienta reduce a uno solo.

 Y de nuevo, el chile liga a nuestra Historia con la evolución industrial de su consumo en la salsa embotellada y terriblemente fuerte que proclama, en su nombre de Tabasco, nacer de un hecho poco conocido: el de que un soldado norteamericano que estuvo entre nosotros durante la guerra de 1846-47, regresó a su nativa Louisiana y obsequió a su amigo Edward McIlhenny con algunos chiles muy bravos que llevó consigo desde Tabasco.

 McIlhenny sembró sus semillas, y empezó a emplear los chiles como plantas de ornato; pero luego experimentó con ellos en la cocina. A su familia le gustó su sabor, y empezó a manufacturar en su casa de Avery Island, en 1868 -va ya para un siglo- esta salsa que hoy encontramos en todas las casas y restaurantes del mundo, a disposición de quienes quieran estimular sus papilas gustativas con una o dos gotas de fuego líquido: emplearla sobre los ostiones en su concha, o en el coctel de mariscos, o aun, con discreción, en bebidas restauradoras como el "Bloody Mary". La fórmula no puede ser más sencilla: chile colorado (piquín, cascabel o comapeño), sal y vinagre. Chiles y sal fermentan en barricas de roble durante tres años, antes de recibir el vinagre con que se embotella la "Tabasco Sauce".

 La abundancia de chiles frescos o secos que encontramos en los mercados mexicanos hace prácticamente innecesario acudir a conservas o a salsas embotelladas como la Tabasco. Existen sin embargo, desde hace mucho tiempo, los chiles en escabeche que con el nombre de “jalapeños” hallamos en las tiendas de comestibles -algunos rellenos de sardinas, otros acompañados por la cebolla, el ajo y las ruedas de zanahorias con que han sido escabechados. Para otros guisos, contamos con los chiles chilpotles, igualmente en conserva; y los moles en pasta o en polvo gozan de la preferencia de las amas de casa, privadas hoy de las esclavas necesarias para el tostado, la mezcla y la molienda tradicionales de los moles más complicados. Con los chiles comapeños, secos y fritos en manteca con un diente de ajo, luego bien molidos con todo y semilla, se logra una "salsa seca" que bien puede llevarse a la mesa como un pimentero.

¿Y CUAL ES EL PROBLEMA?

Antes de montar en cólera, pregúntese si deveras vale la pena.

¿Y CUAL ES EL PROBLEMA?

Por Robert Fulghum

           CORRÍA EL VERANO de 1959. Yo trabajaba en cierto centro vacacional; mis obligaciones eran atender la recepción en el turno nocturno y ayudar con los caballos en el establo.  No me llevaba bien con el propietario, que desempeñaba las funciones de gerente; lo consideraba un fascista que sólo quería tener campesinos dóciles como empleados.  A mis 22 años, acababa de salir de la universidad y expresaba mis puntos de vista sin ambages.

            Cierta semana, a los empleados nos dieron de comer todos los días lo mismo: dos salchichas, un montón de col agria y panecillos rancios.  Para colmo, el costo de la comida se deducía de nuestra paga.  Yo estaba indignado.

            La noche del viernes de aquella horrible semana me encontraba en la recepción a eso de las 11 cuando llegó el auditor nocturno.  Fui a la cocina y encontré una nota, dirigida al jefe de cocineros, en la que se le informaba que debía servirnos a los empleados salchichas y col agria dos días más.

            Esto me enfureció.  A falta de un público mejor, me quejé con el auditor, Sigmund Wollman.

            Declaré a voz en cuello que iba a tomar un plato de salchichas y col, iba a despertar al propietario e iba a echárselo en la cara.  Nada más faltaba que me endilgaran aquel comistrajo toda la semana y además me obligaran a pagar por él, y a mí no me gustaban las salchichas ni la col agria para comerlas un solo día, y el hotel apestaba, así que iba a empacar para largarme.

            Continué por ese tenor unos 20 minutos, a grito pelado.  Subrayé mis palabras con golpes de matamoscas en el mostrador, puntapiés y maldiciones a discreción.

            En tanto daba rienda suelta a mi berrinche, Sigmund Wollman permanecía sentado silenciosamente en su banco mirándome con una expresión de pesar.  Tenía buenas razones para verse apesadumbrado.  Era un judío alemán que había sobrevivido tres años en el campo de concentración de Auschwitz. De constitución delgada, sufría de una tos pertinaz y le gustaba la soledad de su trabajo nocturno, porque le daba espacio intelectual, paz y tranquilidad.  Además, podía ir a la cocina a tomar todos los bocadillos que quisiera: tantas salchichas y tanta col agria como se le antojara.  Para él, un banquete.  Lo mejor de todo era que nadie le decía lo que tenía que hacer. En Auschwits había soñado con algo así.  Yo, intruso en ese ámbito de sus sueños, era la única persona que veía.  Su turno y el mío coincidían una hora.

            -Escúcheme, Fulghum, escúcheme.  ¿Sabe cuál es su problema? No son las salchichas ni la col, y no es el patrón, ni el jefe de cocineros, ni este empleo.

            -Entonces, ¿cuál cree que es mi problema?

            -Mire, Fulghum, usted piensa que lo sabe todo, pero no conoce la diferencia entre un contratiempo y un problema.  Si se rompe usted el cuello, si no tiene nada que llevarse a la boca, si su casa se incendia, esos sí que son problemas.  Todo lo demás es contratiempo. La vida está llena de contratiempos.

            “Aprenda a distinguir los contratiempos de los verdaderos problemas; vivirá más.  Y no fastidiará a la gente, como me fastidia a mí.  Buenas noches”.

            Pocas veces en la vida me ha golpeado la verdad con tal fuerza.  Allí, en aquella obscuridad nocturna, Sigmund Wollman me reprendió y al mismo tiempo abrió una ventana en mi mente.

            Desde hace ya 30 años, cuando me siento presionado, cuando algo me tiene acorralado y estoy a punto de hacer una tontería en un arranque de furia, se me aparece aquel rostro apesadumbrado y me pregunta:

            -¿Es esto un problema o un contratiempo?

            Yo lo llamo la “PRUEBA DE OBJETIVIDAD DE WOLLMAN”.  La vida está llena de nudos.  Un nudo en la madera, un nudo en la garganta y un nudo en una mama no tienen la misma importancia.  Hay que saber distinguirlos.  Buenas noches, Sig.

 

EL EXITO

 

            EL PODER DEL ÉXITO:

  Este artículo fue publicado en la Revista PODER, en el que el mexicano Carlos Slim, el hombre más rico de América Latina y segundo en el Mundo dice lo siguiente sobre el éxito, en una entrevista que le concedió a Isaac Lee:

     "Yo creo que el éxito no está en lo económico. Yo creo que una persona no es de éxito porque le va bien en los negocios o le va bien profesionalmente o saca 10 en la escuela. Creo que eso es lo que menos vale. Lo que vale es tener los pies en la tierra, la familia y los seres amados, el concepto de familia y lo que es el verdadero amor, los verdaderos amigos. Apreciar las cosas que tienen valor verdadero, no material, ni físico necesariamente”.

  Pienso que a este concepto bien le puedo añadir una reflexión que me regaló mi madre: El éxito no tiene que ver con lo que mucha gente se imagina.

  No se debe a los títulos nobiliarios y académicos que tienes, ni a la sangre heredada o la escuela donde estudiaste. No se debe a las dimensiones de tu casa o de cuántos carros quepan en tu garaje. No se trata de si eres jefe o subordinado; o si eres miembro prominente de clubes sociales. No tiene que ver con el poder que ejerces o si eres un buen administrador o hablas muy bonito, si las luces te siguen cuando caminas. No es la tecnología que empleas. No se debe a la ropa que usas, ni a los grabados que mandas bordar en tu ropa, o si después de tu nombre pones las siglas deslumbrantes que definen tu estatus social. No se trata de si eres emprendedor, hablas varios idiomas, si eres atractivo, joven o viejo.

  El éxito se debe a cuánta gente te sonríe, a cuánta gente amas y cuántos admiran tu sinceridad y la sencillez de tu espíritu. Se trata de si te recuerdan cuando te vas.

  Se refiere a cuánta gente ayudas, a cuánta evitas dañar y si guardas o no rencor en tu corazón. Se trata de que en tus triunfos estén incluidos tus sueños. De si tus logros no hieren a tus semejantes. Es acerca de tu inclusión con otros, no de tu control sobre los demás… Es sobre si usaste tu cabeza tanto como tu corazón, si fuiste egoísta o generoso, si amaste a la naturaleza y a los niños y te preocupaste de los ancianos.

  Es acerca de tu bondad, tu deseo de servir, tu capacidad de escuchar y tu valor sobre la conducta. No es acerca de cuántos te siguen si no de cuántos realmente te aman. No es acerca de transmitir, si no cuántos te creen si eres feliz o finges estarlo. Se trata del equilibrio de la justicia que conduce al bien tener y al bienestar. Se trata de tu conciencia tranquila, tu dignidad invicta y tu deseo de ser más, no de tener más"

  ¡Esto es el Éxito!

    

 

PODEMOS CAMBIAR LA MANERA EN QUE PENSAMOS

¿Podemos Cambiar la manera en que pensamos?

Dr. Guillermo F. Batarse

  El principal problema que enfrentamos como individuos es que nos hemos atrapado a nosotros mismos en una carrera en la que solamente estamos buscando alivio. Nuestro tiempo sería invertido más beneficamente si nos dedicaramos a buscar fortaleza.  Nuestro principal error es que hemos aprendido a adaptarnos al sufrimiento, en lugar de aprender a cómo terminarlo.  ¿Por qué nos hemos acostumbrado a tolerar a los dictadores internos que nos sojuzgan?

           Estos dictadores internos son todos los conceptos y emociones que componen nuestro yo falso.  Por ello, es necesario una revolución, pero una revolución inteligente.  No, el problema no reside afuera del individuo, ni en sus relaciones, su trabajo o su hogar.  Hay que dejar en paz las relaciones. El único régimen que debemos de derrocar es nuestra manera de pensar.  El primer paso en esta revuelta es reclamar el derecho a nuestra propia vida.  Debemos de comenzar por examinar inteligentemente todos nuestros pensamientos.

           Hemos de interrogarnos a nosotros mismos. Hay que terminar al sin sentido de sentirnos lastimados, oprimidos por el falso orgullo, al coraje y el resentimiento.  Si nos preciamos de inteligentes, no osaremos lastimarnos a nosotros mismos. La investigación de nosotros mismos debe ser absolutamente seria, sin prejuicios.  La auto observación siempre debe ser alerta y vigilante.  Nos permite entender lo que somos sin sentirnos devastados por ello.  Una conciencia superior a través de la auto-observación aumenta nuestro campo de elecciones.

           Si nos observamos cuidadosamente a nosotros mismos, tendremos mayor herramienta de poder para el cambio, porque esta novedosa visión interna por sí misma nos puede suministrar  el autoconocimiento. Nos podemos liberar del yo falso que hemos creado sin intención, pero que ha dirigido nuestros pensamientos y acciones desde siempre.  La observación que hacemos de nosotros mismos debe estar libre de las inclinaciones naturales a salir a conclusiones y juzgar.  Debemos de aprender a ver la vida como una experiencia de aprendizaje en lugar de un torneo de aprobaciones, ante nosotros mismos y ante los demás.  Todo es motivo de aprendizaje; no hay principios ni fines, éxitos o fracasos.

           Cuando nos acercamos a la vida de una manera radicalmente diferente, ya no gastaremos energías preciosas tratando de probarnos algo.  Estas energías serán puestas para un uso superior, que nos capacitará para ver más claramente cómo nos hemos adherido tercamente a ideas auto derrotistas.  Las cimas de las montañas siempre tienen nubes negras debajo de ellas.  Debemos de saltar a través de estas nubes para conquistar las alturas.  Entonces, la vista superior nos pertenece.

                  No necesitamos una fuerza especial, solamente la disposición para ver más.  Si hacemos nuestra parte, que es revelarnos a nosotros mismos, entonces la fuerza espiritual sobreviene en consecuencia.  Es esta nueva fuerza la que nos permite abandonar los pensamientos y sentimientos auto derrotistas  y auto limitantes que han oscurecido nuestra vida.

         Ciertamente somos una raza peculiar de seres.  Por un lado, todos profesamos tener una preocupación con crecer y desarrollarnos, mientras que por otro lado no queremos equivocarnos o estar mal.  Esta es una contradicción que nos paraliza.  Si siempre estamos bien, o si tenemos miedo de estar mal, ¿entonces qué podemos aprender ya?

           El aprendizaje es un proceso de corrección.  La corrección real nos eleva.  Si nos corregimos a nosotros mismos, aprendemos que nos hemos estado enseñando incorrectamente.  A medida que experimentamos los beneficios de abandonar aprendizajes y lecciones destructivas, toma lugar el crecimiento espiritual verdadero, como una planta joven, que hemos movido de las sombras hacia un lugar expuesto al sol.  Un nuevo árbol  nunca puede crecer a la sombra de uno viejo.  El aprendizaje solamente puede tomar lugar de las sombras del falso orgullo.  Cualquier cosa que resista a la corrección, es parte de lo que ya está mal.

           Es nuestra falsa naturaleza lo que nos compele a defendernos a nosotros mismos cuando necesitamos la auto corrección.  Negar cualquier problema sobre el cual tenemos que tomar acción correctiva, nos vuelve su guardián y nos mantiene atados a lo que está mal.  Si defendemos con vehemencia los pensamientos que produjeron los errores, estamos cometiendo un error fundamental.  Una vez que hemos empezado a negar o a proteger nuestro problema, lo hemos convertido de lo que debía ser, una condición transitoria, a una condición permanente.

           Si nuestra intención real y seria es ir más y más arriba, entonces la detección de lo que está mal dentro de nosotros mismos es la misma corrección.  Si visualizamos que estamos mal, en ese mismo momento dejamos de estar mal.  Poseemos un poder potencial superior a cualquier dificultad que la vida nos pueda presentar.  Este poder es nada menos que la capacidad para cuestionar la naturaleza de la derrota.

           Es necesario entender tajantemente que nuestras experiencias dolorosas no son causadas por los demás, sino por nuestra reacción a la gente y los eventos.  Las circunstancias no nos pueden sojuzgar completamente.  Si examinamos honestamente la manera en que cuestionamos nuestras derrotas, veremos que solamente estamos buscando respuestas desesperadas para corregir la superficie de la condición.  Al fin y al cabo debemos preguntarnos: “¿Qué pretendemos de nosotros mismos, el aplauso de las multitudes o vivir calladamente nuestra vida?”

  

“Las cimas de las montañas siempre tienen nubes negras debajo de ellas”

  “La vida es una experiencia de aprendizaje”

  “Nuestro principal error es que hemos aprendido a adaptarnos al sufrimiento, en lugar de aprender a cómo terminarlo”